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Marcos Madrigal, durante el concierto. Foto: Manuel Almenares
La lozanía de Hubert de Blanck (Utrecht, 1856–La Habana,
1932) y su legítima pertenencia a la cultura cubana están fuera de toda discusión.
Si tan solo hubiera escrito la conmovedora paráfrasis del Himno de Bayamo, una y otra condición lo avalaría.
Pero fue y es mucho más. Al pedagogo
se le tiene en un sitial de honor; al compositor el mérito le asiste como lo prueban,
y a qué altura, las obras suyas puestas en valor en esta tercera década el siglo
XXI, tanto por la grabación por el sello La Ceiba de un primer álbum con parte de
su música de cámara, como por la ejecución de partituras orquestales que tuvo lugar
el último sábado en el Oratorio San Felipe Neri, en La Habana Vieja, en el pórtico
de Cubadisco 2023, las cuales quedaron
debidamente registradas para su próxima circulación en un fonograma.
Nada de esto hubiera sido posible
de no juntarse voluntades institucionales e individuales: el Museo Nacional de la
Música, que preserva el fondo documental del maestro holandés; el recién fallecido
Jesús Gómez Cairo, director de esta institución; la Oficina del Historiador de la
Ciudad y el Gabinete Esteban Salas, el Lyceum Mozartiano de La Habana, la Embajada
de Países Bajos, el festival Habana Clásica y Marcos Madrigal, su principal animador;
la musicóloga Gabriela Rojas y Gabriela Milián, a cargo de la transcripción de las
partituras.
Para quien decidió ser cubano y se
puso al servicio de la independencia de su patria de adopción, no fue mero gesto
de filiación honrar desde la música al Titán de Bronce, mediante Homenaje a Antonio
Maceo, y al mayor general Calixto García con Elegía. Ambas piezas orquestales, la
primera discursivamente mucho más completa, poseen una admirable carga dramática
y aliento épico, conseguidos a partir de lo que Gabriela Rojas ha descrito como
músicas grávidas de un «abanico de posibilidades y soluciones creativas».
Más que en estas, donde la sobriedad
termina por imponerse, en las restantes piezas del programa asoman, como en la música
de cámara, «una escritura efectista, que saca partido al lirismo de los temas y
a los efectos colorísticos de la armonía cromática, sin abandonar jamás los límites
de la tonalidad, de la cual Hubert de Blanck era expreso defensor». Tales son los
casos de Suite de danzas para orquesta; el Ave María, el Andante y Allegro del Concierto
para piano y orquesta (por cierto, nos cuentan que ya existía en la década de los
80 del siglo XIX, anticipándose en el desborde hiperromántico desarrollado mucho
después por Rachmaninov) y ya imbuido de los sonidos y ritmos de la tierra que abrazó,
La danza tropical, para voz y orquesta; y Capricho cubano, para piano y orquesta.
José Antonio Méndez Padrón extrajo
del organismo instrumental del Lyceum Mozartiano una paleta sonora fresca, ajustada
al espíritu de las obras del compositor; la soprano Bárbara Llanes confirmó su maestría
interpretativa y pleno dominio del órgano vocal; y el pianista Marcos Madrigal volcó
su proverbial ímpetu, en correspondencia con las exigencias estilísticas, en la
ejecución. Como para no quedarse con nada por dentro, regaló fuera de programa el
tercer movimiento de la Sonata en Si bemol mayor, de Prokofiev.
Para despedir a un público que seguramente
en lo adelante tendrá a Hubert de Blanck como un reconocido autor contemporáneo,
la orquesta y su concertino Arsenio Peña, en plan de solista, regalaron la versión
sinfónica A la polacca, sección final de la Suite para violín y piano, del ilustre
holandés.
amss/Tomado de Granma
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