Texto Rosa Pérez López
Visionario y premonitorio, así anticipaba la trascendencia y significación de la emancipación cubana el Manifiesto suscrito en Montecristi el 25 de marzo de 1895 por José Martí, Delegado del Partido Revolucionario Cubano, y por Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador.
Ya apenas un mes antes se había iniciado la guerra necesaria. La tregua fecunda de diecisiete años había fructificado en el brioso afán redentor de los cubanos, que volvían a escribir en la manigua nuevas páginas de honor y gloria.
Pero junto al filo del machete que le abría paso a la soberanía de Cuba, debía refulgir el filo de las nociones políticas e ideológicas que argumentaran los motivos de la guerra y desbrozaran de dudas, suspicacias e incomprensiones el verdadero sentido del reiniciado batallar por nuestra libertad.
No habría a la hora de la lucha y la victoria humillación de un grupo de cubanos sobre otro.
No habría temores hacia una u otra raza. No habría el peligro de ajustar la vida de la patria emancipada a esos moldes extranjeros donde a la larga se asfixiaron los sueños libertarios de los pueblos de la América nuestra.
“La guerra no es una tentativa caprichosa de una independencia más temible que útil”, expresaba el Manifiesto.
“En la guerra que se ha reanudado en Cuba, no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar el heroísmo reflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos.”
Nunca antes de aquel documento, en tan afortunada síntesis se habían concentrado los puntos medulares de ese pensamiento revolucionario que el Apóstol se dedicó a predicar a través de sus cartas, sus discursos y las páginas del periódico Patria.
Nunca antes en un documento se había abarcado con tanta lucidez, habilidad, madurez y valentía la línea programática a seguir una vez alcanzada la independencia, y aun en los momentos cruciales de combatir por ella.
Sería cincuenta y ocho años después, durante el juicio por los sucesos del 26 de julio, que el alegato de autodefensa del joven abogado Fidel Castro -visionario y premonitorio también- delineara programáticamente el cometido de una revolución comenzada -como antes en Yara y en Baire- frente a los muros de los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo.
No en vano José Martí es considerado el autor intelectual de la gesta protagonizada por la Generación del Centenario, y el Manifiesto de Montecristi el antecedente más legítimo y cabal de La Historia me Absolverá.
A un siglo del nacimiento del Apóstol de la independencia de Cuba comenzaba a hacerse cierto en letra, espíritu y acción el diseño político-ideológico suscrito el 25 de marzo de 1895 en Montecristi, cuando al organizar y dirigir aquellos asaltos a cuarteles, Fidel llevaba en el corazón las doctrinas del Maestro.
YVL
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