A comienzos de la década de los años 80' no existían, al menos dentro del entorno musical cubano
que era promocionado por la radio y la televisión, voces femeninas que calaran en
el gusto masivo. Ciertamente existían y eran conocidas las voces y el talento de
cantantes como Caridad Hierrezuelo o Caridad Cuervo, pero su trabajo fundamental
se desarrollaba en el mundo del cabaret y sus esporádicas apariciones en programas
de televisión eran la repetición de un repertorio que no generaba empatía en los
nuevos bailadores o seguidores de la música popular cubana. Ellas representaban “el mito de los años 50” fundamentalmente y eran personalidades destacas en el mundo del cabaret
o funcionaban como ganchos de promoción cuando se trataba de vender clásicos a empresarios
que se esforzaban en contratar la música que ya era conocida en el mundo y no conllevaba
riesgos comerciales. Caridad Hierrezuelo provenía de una familia cuyas raíces
y vínculos con el son y la trova santiaguera estaban más que demostrados. Era hermana del gran Lorenzo Hierrezuelo que había
cantado primero junto a María Teresa Vera y después había fundado el dúo Los compadres,
primero junto a su primo Máximo Repilado conocido por todos como Compay Segundo
y que había sido sustituido por Reinaldo “Caney” Hierrezuelo, su hermano menor.
Los compadres eran depositarios de un repertorio de sones, boleros y guarachas en
las que se rendía culto a la más auténtica tradición santiaguera, pero que habían
desarrollado una dinámica de comunicación con el público totalmente auténtica, que
garantizaba su éxito tanto nacional como internacional. Caridad Hierrezuelo se había montado sobre esa ola musical
que estaba arraigada en la familia, y con su potente voz y estilo de sonera
y guarachera había definido un estilo donde su voz brillaba a plenitud. Por su parte la otra Caridad, de
apellido Cuervo, estaba marcada por el estigma de ser conocida en Cuba “como la
niña que canta como Celia Cruz”. Esa comparación, que la acompañaría
hasta sus últimos días, sería un freno a su carrera profesional, tanto dentro como
fuera de Cuba; el estigma de estar siempre sujeta a comparaciones pudo
haber limitado el alcance de su carrera profesional. Aun así, en el escenario derrochaba
un carisma y profesionalidad impresionantes. Si uno quería disfrutar del talento y las voces de estas
dos imprescindibles cantantes cubanas, debía asistir a los cabarets donde se presentaban
regularmente. Es decir, Tropicana en el caso de la Cuervo o el Parisién del hotel
Nacional donde figuraba la Hierrezuelo, aunque ambas a veces eran llamadas a las
producciones que organizaba el cabaret Copa Room del hotel Riviera. Sin embargo, esa ausencia de una voz femenina dentro del entorno
de la música popular bailable cubana en estos años ochenta lo llena la cantante
Miriam Bayard, una mulata santiaguera quien además de haber
estudiado magisterio y piano, había comenzado a desarrollar una meteórica carrera
musical en el mundo del cabaret –antes había formado parte del Coro Nacional— acompañada
por el conjunto Habana Son que fundara el saxofonista “El Chino Lam”. Habana Son, lo mismo que otras formaciones de aquellos
años, había sido creado para satisfacer la demanda de música cubana que tenían los
cabarets; era lo que se conoce como una orquesta show que en su formato no llegaba
a una big band al estilo de la Riverside u otras afines, pero que estaba diseñada
para cubrir un amplio espectro musical y, además, funcionaba como orquesta bailable
en ese entorno, por lo que necesitaba un buen cantante; en este caso ese papel lo
desempeñaba Miriam Bayard. Para ese entonces, comienzos de los años ochenta, triunfar en
el cabaret abría las puertas a las emisoras de radio, los programas de televisión
y existía la posibilidad de grabar un disco. Habana Son logró dar el primer paso
y un buen día debutó en la televisión, y puso de moda nuevamente un clásico de la
música cubana que había escrito cuarenta años antes el trompetista
Julio Cuevas: El golpe de bibijagua. Ahora en Cuba se bailaban sones, el naciente songo de
Los Van Van, el son renovado de Adalberto Álvarez, el changüí de la orquesta Revé,
el sonido trepidante de Irakere, un ¡sucu sucu! y, además, había una mujer que comenzaba
a ocupar los primeros lugares de popularidad en el asunto música popular bailable,
algo que hacía mucho tiempo no ocurría. Con la experiencia de pulsar el gusto del bailador en
el cabaret, Miriam Bayard y Habana Son suben la apuesta y hacen una versión de un tema
dominicano muy popular, de la autoría de Johnny Ventura, Patacón pisao:
un merengue y esta vez el éxito en el público ya es arrollador. Diez años después
de haber sido famosa la orquesta Monumental y del triunfo del conjunto Los latinos
interpretando ese mismo género, volvía a ser el merengue uno de los motores impulsores
de la difusión musical en Cuba y lo cantaba una mujer. Nadie ponía en dudas el carisma y la calidad musical
de Miriam Bayard, ni su capacidad para entender los gustos del público en ese entonces;
tanto, que en medio del furor de la lambada –un ritmo y baile venido del Brasil
a fines de la década de los ochenta— ella hace su propia versión del asunto y sigue
cautivando a todos; tanto a los amantes del cabaret como aquellos que comienzan
a seguirla en sus presentaciones en el Salón Rojo del Capri o en el salón Turquino
del Habana Libre que será su cuartel general hasta su partida a México en el año
1991, primero a cumplir un contrato y posteriormente a establecerse en ese país,
donde en los años setenta había vivido de forma intermitente. Miriam Bayard había sido pionera en ese asunto de que
las mujeres fueran las cantantes principales en una orquesta bailable en los años
ochenta; solo que para ese entonces tanto
Pachito Alonso como Joaquín Betancourt con sus formaciones Los Kini Kini y Opus
13, ya habían incorporado cantantes femeninas, solo que estas no cargaban con el
peso total del repertorio. Habrá que esperar a fines de la década siguiente para
volver a disfrutar del placer y el riesgo de que una cantante femenina sea el centro
de una orquesta popular. Haila María Mompié vendrá a ocupar ese papel, curiosamente
en algún momento de su carrera había estado tras los micrófonos de Habana Son, junto
a Miriam Bayard y el Chino Lam en el saxofón. Emir García Meralla amss/Tomado de Cubarte
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