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Foto: Tomada de Internet
La primera condición sine qua non para la existencia de un pensamiento descolonizador es la plena conciencia de la valía, de la autenticidad de la cultura propia, y de las diferencias respecto a otras culturas.
Desde muy temprano, con apenas
18 años, Martí dio muestras de tener
muy claro la especificidad de nuestros pueblos, frente a la otra América:
Los norteamericanos posponen a
la utilidad el sentimiento. —Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad (…)
Imitemos. ¡No! —Copiemos. ¡No! —Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.
—Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la
suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es
muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras
¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?// Las leyes
americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también
al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero.
Maldita sea la prosperidad a tanta costa!1
Esto lo
dice alguien que aún no ha visitado los Estados Unidos, y que el único
conocimiento que tiene de ese país proviene de referencias o lecturas.
Esa mentalidad descolonizadora
y libertaria tiene entre sus muestras más tempranas la preocupación por la
libertad de espíritu, que viene, en su criterio, de la cultura, del afán de
superación de cada individuo.
En uno de sus textos más citados y comentados sobre
asuntos educativos, “Maestros ambulantes”, dice: “Ser bueno es el único modo de
ser dichoso. //Ser culto es el único modo de ser libre. // Pero, en lo común de
la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.”2
La única fuente de prosperidad
que aprueba es la del trabajo honrado y aquella significa para él posesión de
lo que basta a la comodidad y a la satisfacción de las necesidades materiales, nunca es sinónimo de lo
ostentoso o lo superfluo.
Es contraria a lo que la
mayoría entiende como tal, sobre todo en nuestros días; pues el consumismo
demencial la iguala con la opulencia de unos pocos; lo que quiere decir miseria
de las grandes masas desposeídas, y un abismo de desigualdades cada vez más
brutal.
Esa
intención descolonizadora tiene otros puntos culminantes, como La Edad de Oro, que no es una mera
revista de entretenimiento para niños y jóvenes; sino un proyecto cultural de
grandes proporciones y contenido emancipatorio.
Estaba dirigida a esos infantes
de 1889, que serían los adultos del siglo XX; y a los que aspiraba a formar
como ciudadanos cultos, capaces de conducir con originalidad y sabiduría el
destino de sus respectivos países. Una revista donde se aúnan sabiamente lo
americano y lo universal, la vocación ética y la hondura reflexiva, el amor a
la patria y a nuestros semejantes.
No debe perderse de vista que
en el mismo primer número aparecen “La Ilíada”, de Homero, y “Tres héroes”; de
manera que la épica clásica y la de nuestra historia continental alimentan
simultáneamente la vocación heroica de los pequeños lectores.
De ese mismo año, aunque algo anterior, es su carta al
director de The Evening Post, fechada
en Nueva York, y publicada el 25 de marzo, que ha pasado a la historia
como “Vindicación de Cuba”. Con ella respondía a los artículos “¿Queremos
a Cuba?”, aparecido en The
Manufacturer, de Filadelfia, el día 16, y “Una opinión
proteccionista sobre la anexión de Cuba”, publicado el 21 en el periódico
neoyorquino, en el cual este se hacía eco de las ideas anticubanas,
profundamente irrespetuosas y racistas, expresadas en el primero.
Realmente con “Vindicación…” Martí desmontó una campaña mediática,
para decirlo en términos contemporáneos, que mal ocultaba la fabricación de un
pretexto para intervenir en Cuba.
Esos criterios sobre las
supuestas “pereza”, “inutilidad”, “cobardía”, “incapacidad cívica” de los
cubanos, eran extensivos a toda nuestra América3 y encubrían
apetitos anexionistas de larga data; pues desde los mismos albores de los
Estados Unidos como nación independiente existía el propósito declarado en
muchos de sus prohombres de hacerse de la Isla a toda costa.
Junto con la aparición de esta
respuesta a la injuria, basada en argumentos sólidos, expresó más de una vez su
intención de pasar a la contraofensiva y publicar un periódico en inglés, para
hacer llegar al lector estadounidense nuestras verdades; idea que no pudo materializar
por falta de medios económicos.
En el
último trimestre de 1889 se desarrolló la Conferencia panamericana, o Congreso
de Washington, como también se le conoce. El mismo se extendió hasta avanzado
el año 1890, y Martí escribió una serie de crónicas formidables sobre el
cónclave continental, además de otros textos de diferente naturaleza; entre los
que hay que destacar su discurso de homenaje a José María Heredia, pronunciado
en Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889 y luego impreso en
forma de folleto y distribuido entre los delegados.
Era este un modo de
contrarrestar la estrategia de deslumbramiento montada por los anfitriones, a
la vez que por el lado afectivo vinculaba a los delegados con Heredia, con el
cual compartían comunidad de orígenes. Así se sentirían orgullosos del bardo
del Niágara, que en nuestra lengua cantó al portento como no lo ha hecho hasta
hoy ningún anglosajón.
En su afán
por convencer a los diplomáticos de Nuestra América de la “indiscutible
superioridad” estadounidense, James G. Blaine, secretario de Estado del
presidente Benjamín Harrison, y artífice de esa maniobra colonizadora, diseñó
una estrategia de seducción y presión que se inició con una gira por el país,
en un tren de lujo, para que se visitara lo digno de verse, desde las Cataratas
del Niágara hasta los altos hornos de Pensilvania; sin olvidar grandes
ciudades, como Nueva York, universidades, museos, etc. Con ello se pretendía
afianzar un sentimiento de asombro, de admiración desmedida hacia Estados
Unidos, a la vez que se fortalecía la convicción de la inferioridad propia en
los visitantes.
De ese modo el colonizador daba
un primer paso, imprescindible para el éxito de sus objetivos a mediano plazo:
sojuzgar el intelecto y el sentimiento; pero el emigrado subalterno José Martí,
desde su exilio vigilante, trazaba sus propios planes defensivos, válidos hasta
nuestros días.
Foto: Tomada del Portal de Cubarte |
Sin duda alguna, otro de los
documentos imprescindibles al respecto es su discurso conocido como “Madre
América”, pronunciado el 19 de diciembre de 1889, en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana de Nueva York, en la velada de homenaje a los delegados de nuestros
países.
En él Martí analiza en paralelo
las dos Américas, la de Lincoln y la de Juárez, de manera que las causas
históricas expuestas con singular vuelo poético ilustran por sí mismas las
diferencias en los niveles de desarrollo de ambos territorios y desmotan
minuciosamente la falacia de la supuesta inferioridad de los pueblos del Sur.
Este discurso ha sido leído y entendido como una suerte
de pórtico del ensayo “Nuestra América,” definidor de nuestras esencias,
publicado en La Revista Ilustrada,
de Nueva York, el 1 de enero de 1891, y replicado por El Partido Liberal, de México, el 31 de ese mismo mes.
Es sabido que ese texto se
centra en la definición culturológica de lo americano, a la vez que traza,
desde la autoctonía, los nexos con la universalidad. Sentaba las bases de la
soberanía continental en todas las esferas, a tal punto que expresaba la
necesidad de crear un arte de gobierno propio; que habría que trabajar y
perfeccionar desde dentro, si queríamos ser verdaderamente independientes, puesto
que la colonia había continuado viviendo en la república: ésta debía luchar
contra aquella y vencerla.4
No era
solo cuestión de soberanía política, sino de emancipación espiritual, cultural.
Rebasado ya el medio siglo de independencia en el continente, las rémoras de la
colonia continuaban interfiriendo en el desarrollo ulterior de nuestros países.
Aunque pueda parecer exagerado,
a más de 130 años del aserto martiano, y envueltas en máscaras “neo”, ese mismo
lastre de devoción por el antiguo amo, o por el nuevo amo disimulado, es el que
propicia el menosprecio de lo propio y la mirada hacia el Norte. Este se
presenta de manera creciente en el imaginario continental, a merced, cada vez
más, de la guerra cultural y del poder de los grandes medios de comunicación,
como la Tierra prometida que no es.
Esas influencias nefastas,
unidas a las terribles desigualdades, crisis económica, escaladas de violencia,
son las propiciadoras de las oleadas migratorias sucesivas en busca de un ideal
de felicidad basado únicamente en el disfrute de lo material, en el vivir el
ahora, en la banalidad y el lujo.
La
globalización neoliberal ha extendido por el planeta costumbres, festividades,
modos de hacer y decir de los poderosos, que con su apariencia inofensiva y
divertida pretenden imponer patrones de comportamiento e íconos culturales y
simbólicos en los más diversos territorios.
Lo que es tradición arraigada
en Cuba no tiene por qué serlo en Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, y
viceversa; pero la cultura de los centros de poder con su afán hegemónico
termina imponiéndose, y la resignación y aceptación fatalistas no son las
soluciones.
Desde hace algunos años el Halloween, que nada tiene que ver con
nosotros, se ha comenzado a celebrar en la Isla; y cada vez gana más adeptos
entre la población joven.
En ello puede haber ingenuidad,
imitación de lo que se ve en el cine y, sobre todo desconocimiento; pero lo que
sí resulta indignante e inconcebible es que en nuestro país, con o sin
intención, se legitimen disfraces del tristemente célebre Ku-Klux-Klan, que con
sus actos violentos ha aterrorizado a la población negra estadounidense durante
más de un siglo.
Desde su fundación en 1865,
recién terminada la Guerra de Secesión, esta organización ha impuesto la
ideología fascista de los supremacistas blancos y ha dejado tras sí una estela
de infamia y dolor. Entre sus prácticas habituales desde entonces hasta hoy
están los linchamientos, algo que Martí
criticó duramente más de una vez a lo largo de su obra.
En 1894 publicó en Patria su artículo “La verdad
sobre los Estados Unidos.” Con él inauguraba la sección “Apuntes sobre los
Estados Unidos”, la cual apareció por primera vez en el no. 105, del 31 de
marzo de ese año. En ella se publicaban traducciones de noticias procedentes de
la prensa estadounidense en las que se hablaba de hechos violentos en diversos
estados de la Unión.
Se destacan un secuestro y un
motín en medio de elecciones para instancias territoriales de gobierno; muertos
por disparos en una pelea entre dos facciones de republicanos en un distrito
electoral; disturbios callejeros; el asalto al ayuntamiento en la ciudad de
Denver, Colorado, por el ejército; entre otras nuevas sorprendentes.
Sobresale en este número el
linchamiento de un joven negro, acusado de asesinato, que esperaba el juicio en
una cárcel de Pennsylvania. Se publica además el grabado, en cuyo pie reza,
para mayor horror, que un niño preparó la horca.
Todo ello
da fe de su labor de alerta a nuestra América, y de su denuncia del racismo
entre los rasgos sociales estadounidense que no deben ser imitados. Con esa
labor vigilante desmitificaba al coloso vecino, que no era modelo a seguir en
las repúblicas nuestramericanas y cuyo modo de vida no debíamos imitar jamás.
Sin duda alguna, el pensamiento descolonizador de José Martí,
tanto por su contenido teórico, como por el ejemplo de civismo y eticidad,
sigue siendo una alternativa para enfrentar los desafíos del mundo
contemporáneo. Sobre esas bases, con creatividad, realismo y visión de futuro,
se pueden hallar soluciones viables a muchos de los grandes problemas del aquí
y el ahora.
Urge
estudiar con sentido crítico nuestras realidades nacionales y también el todo
continental; implementar políticas coherentes que ayuden a la salvaguarda de lo
propio y frenen la imitación acrítica de lo foráneo; trazar estrategias de
enseñanza de nuestra historia y de nuestra literatura desde dentro, desde
nuestras verdades, pero con vocación universal; proteger la memoria histórica
de saqueos y distorsiones interesados; continuar incidiendo en la esfera de la
comunicación con medios propios, y ampliar su alcance estratégico; plantearnos,
desde las diferentes disciplinas de las ciencias sociales, interrogantes que
nos ayuden a definir qué podemos hacer en aras de una Humanidad mejor, más
justa, más equitativa, y qué podemos aportar a ella desde Nuestra América.
Por último, y no en último lugar, creo indispensable
continuar perfeccionando las estrategias de difusión de la vida y la obra de Martí.
Hay que barrer con las visiones
esquemáticas, las citas descontextualizadas que no consignan las fuentes, las
manipulaciones de su palabra para legitimar fines espurios, entre otros muchos
males.5
Es preciso, sobre todo, llegar
con su obra a los lectores, en especial a los más jóvenes, como fue práctica
habitual del propio Martí, con argumentos y con afectos, a la razón y al
corazón. Sólo así calará hondo y rendirá frutos perdurables su pensamiento
descolonizador.
Si estas notas fugaces
consiguen motivar futuras disquisiciones y, sobre todo, despiertan iniciativas
transformadoras a nivel sociocultural, habrán cumplido sus propósitos iniciales;
pues solo pretenden abrir y prolongar un diálogo útil y reflexivo.
Notas:
1 JM, OC, t. 21, p. 15-16.
2 JM: OC, t.
8, p. 289.
3 Sobre
opiniones racistas respecto a los mexicanos véase JM: “La república Argentina
en los Estados Unidos. Un artículo del Harper’s
Monthly”, OC, t.
7, p. 330. Hablando de los periódicos norteamericanos y sus opiniones sobre
nuestros países escribe: “(…) antes bien, nos estudian e historian a meras
ojeadas, y con mal humor visible, como noble apurado que se ve en el aprieto de
pedir un favor a quien no mira como igual suyo. Así es que, siendo en verdad
admirables la mayor parte de los pueblos de nuestra América por haber subido,
entre obstáculos mortales a su condición presente, de los más oscuros y opuestos
orígenes, no pasa día sin que estos diarios ignorantes y desdeñosos nos traten
de pueblecillos sin trascendencia, de naciones de sainete, de republicuelas sin
ciencia ni alcance, de ‘pueblos de piernas pobres’-como decía ayer Charles
Dudley Warner hablando de México,-‘¡escoria de una civilización degenerada, sin
virilidad y sin propósito!’”.
4 Véase JM:
Nuestra América, OC, t. 6, p. 19.
5 Véase de
Marlene Vázquez Pérez “¿Cómo comunicar la vida y la obra de José Martí?” Disponible
en: https://www.cubaperiodistas.cu/index.php/2021/07/como-comunicar-la-vida-y-obra-de-jose-marti/
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