De león y de leona -tal cual reconociera José Julián Martí- nació el 14 de junio de 1845 en Santiago de Cuba José Antonio de la Caridad, quien fiel depositario de tan aguerrida estirpe se convirtiera desde la Guerra Grande en el Lugarteniente General Antonio Maceo y Grajales.

El Titán de bronce Antonio Maceo/Foto tomada del Diario Granma Digital
Texto Rosa Pérez López
Ese sobreviviente de tantísimas batallas que le constelaron la piel de cicatrices para erigirse en un Titán de Bronce con tanta fuerza en la mente como en el brazo.
Ese intransigente patriota que encabezara en Baraguá la protesta contra el oneroso Pacto del Zanjón, que tras diez años de contienda le concedía la paz a los cubanos, pero los condenaba a vivir sin haber conquistado su independencia.
Ese infatigable luchador por la libertad de Cuba, que enfrentando infinidad de contratiempos desembarcara en Duaba para incorporarse con sus sempiternos bríos en ristre a la Guerra Necesaria organizada por el Apóstol, luego de diecisiete años de una fecunda tregua donde no se calmaron las ansias emancipadoras de nuestro pueblo.
Y volvió el General Antonio a montar sus ideas a caballo para defenderlas al filo del machete y al plomo del fusil, con el ímpetu y la temeridad de siempre; con el mismo coraje que se le desbordara en todas las batallas.
Así era ese heroico Lugarteniente General del Ejército Libertador a quien la mambisada a su mando consideraba inmortal, porque los postreros balazos que recibiera en San Pedro un siete de diciembre sólo consiguieron asegurar la inmortalidad que ya tenía bien ganada ese Titán de Bronce que hoy hace ciento ochenta años naciera de león y de leona.
YVL
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