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Habanerías: Evocando e invocando al Chori

Se ha dicho que los graffittis comenzaron a aparecer en la ciudad de Nueva York, cuando algunos adolescentes tuvieron la ocurrencia de escribir su nombre en lasparedes, recurriendo a  diseños artísticos.

Foto tomada del sitio digital de La Jiribilla

Por Rosa Pérez López

Sin embargo, mucho antes de que en la llamada Gran Manzana aparecieran esas primeras inscripciones, ya muchos rincones de La Habana mostraban al caminante un breve rótulo de cinco letras de molde escritas con tiza y con esmero: Chori.

Foto tomada del sitio digital de La Jiribilla

Cierto misterio me provocaban en mi niñez esos trazos dejados en los sitios más insólitos; y también un poco de ternura, por tratarse de unas ingenuas y efímeras señales que no lastimaban las paredes y podían desaparecer con un pase de mano o con un golpe de lluvia. 

Quizás por eso nadie se atrevía a borrarlas, porque eran como otro emblema de La Habana; o porque muchos habaneros sabían que se trataba del apócope de CHORICERA: el sobrenombre elegido por un original percusionista que animaba las noches de farras en los bares de la Playa de Marianao: Silvano Shueg Hechevarría.

Foto tomada del sitio digital Fotos de La Habana

Pero al Chori no le hacían falta para llamar la atención esos letreritos que convirtió en su callejera rúbrica. 

Para ello le bastó la música que les arrancaba a los más diversos objetos, desde sartenes y cucharas... hasta botellas con diferentes niveles de agua. Pero también estaba su voz, primitiva casi, y su sobrecogedora estampa de deidad africana. 

Y estaba su peculiar estilo -o sería mejor llamarlo instinto- para interpretar temas de tan acendrada cubanía como “Frutas del Caney”,  “Ayaca de maíz” o “La choricera”.

Silvano Shueg nació el 6 de enero de 1900... cual si los míticos Reyes Magos quisieran hacerle un regalo a la música cubana del siglo XX. 

Y como vino al mundo en Santiago de Cuba, lo hizo dotado de un sentido musical muy especial, que al cumplir los veintisiete años quiso poner a prueba en La Habana -precisamente en el oeste capitalino- para cautivar con su innato talento a la concurrencia de sus humildes instalaciones.

Así el Chori demostró noche tras noche que una pieza musical sólo necesita de un sentimiento verdadero plasmado con sinceridad, para convertirse en auténtica obra de arte. 

Foto tomada del sitio digital Fotos de La Habana

Y lo hizo ante un público donde podían estar destacadas figuras extranjeras como Agustín Lara, Gary Cooper, Errol Flynn, Toña La Negra, Ernest Hemingway, María Félix, Imperio Argentina, Josephine Baker, Pedro Vargas, Marlon Brandon... y  compatriotas tan conocidos y reconocidos como Benny Moré, Barbarito Diez, Ernesto Lecuona, Rita Montaner, La Lupe, Celeste Mendoza, Juana Bacallao.  

En 1963 Silvano Shueg Hechevarría se refugió para siempre en un viejo caserón de La Habana Vieja, hasta que once años después murió apartado de todo y de todos... y sin recibir honores.  

Acaso sería porque en vida se prodigó a sí mismo todos los que quiso y prefirió, ofrendando su nombre trazado con tiza y con esmero para quedar de un modo tierno y misterioso en la memoria de algunos niños de entonces, que como yo nos hicimos adultos lamentando no haber podido ver actuar jamás al Chori.

YVL


 


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