El Día Internacional del Patrimonio Cultural Inmaterial, conmemorado cada 17 de octubre, constituye una fecha de gran relevancia global para reivindicar aquellas expresiones, saberes, tradiciones orales, rituales y prácticas festivas que no se encierran en museos, sino que laten en la vida cotidiana de las comunidades.
Foto tomada del diario Granma digital
Texto: Richard Ruiz Julién
A diferencia del patrimonio monumental o edificado, esta herencia intangible se transmite de generación en generación, dotando a los pueblos de un profundo sentido de identidad, arraigo y continuidad histórica.
La celebración de esta efeméride invita a reflexionar sobre la urgente necesidad de salvaguardar estas riquezas vivas frente a los procesos de homogeneización cultural y globalización, reconociéndolas como pilares fundamentales de la diversidad humana y del desarrollo sostenible.
En este escenario internacional, Cuba ocupa un lugar de destacada vanguardia gracias a una política cultural sistemática y a una conciencia popular profundamente arraigada en la defensa de su memoria histórico-cultural.
Desde los primeros años de la Revolución, el Estado cubano asumió la protección del patrimonio no solo como una responsabilidad institucional, sino como un asunto de soberanía y emancipación espiritual.
Gracias a este empeño, diversas expresiones de incalculable valor identitario han sido reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad —tales como la Tumba Francesa, las Parrandas de Remedios, la Rumba, el Punto Cubano y los saberes de los maestros roneros—, reflejando la vitalidad y el mestizaje que definen el alma de la nación.
Más allá de las distinciones internacionales, el verdadero logro de Cuba radica en haber convertido la salvaguarda patrimonial en una práctica comunitaria donde los portadores de estas tradiciones —músicos, artesanos, bailadores, narradores y cultores populares— son los verdaderos protagonistas.
En momentos en que los pueblos enfrentan complejas batallas simbólicas y comunicacionales, la preservación activa de nuestras tradiciones se erige como un escudo ético contra el olvido y la colonización cultural.
Conmemorar esta fecha desde la experiencia cubana reafirma que cuidar la memoria histórico-cultural es, en esencia, asegurar el porvenir soberano y la dignidad de un pueblo que hace de su cultura su trinchera más hermosa.
YVL
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