El 28 de julio de 1980 Haydeé Santamaría se colocó en el pecho una rosa de fuego con un disparo que no se escuchó en el Moncada, pero tal vez se convirtiera desde entonces en su destino por los mutilados ojos de su querido hermano Abel y el asesinato de su amado Boris Luis.

Foto tomada del sitio digital de Trabajadores
Por Rosa Pérez López
Pero antes de su postrera y dramática decisión, Haydeé había demostrado entereza suficiente para resistir sin quebrarse los rigores de la cárcel junto a su compañera de ideales Melba Hernández; para encarar sin temor la lucha clandestina colmada de peligros; para asumir el forzoso exilio en aras de preservar su valiosa vida; para a su regreso a la patria cumplir cuantas tareas le fueran encomendadas en los albores de la Revolución triunfante.
Mas nunca antes Yeyé había sido tan nuestra y tan de todo un continente, como cuando al fundar y presidir la Casa de las Américas hizo de esa prestigiosa institución un abarcador y genuino recinto cultural, donde se erigiera como una rediviva Alma Mater que abrió sus brazos y ofrendó su sensibilidad y apoyo a lo más avanzado y representativo del arte y la intelectualidad continental.
Quizás cuarenta y seis años atrás para algunos fuera incomprensible -e incluso inaceptable- el final que Haydeé Santamaría dispuso para su propia existencia. Pero su lealtad revolucionaria, su calidad humana, su vertical ejecutoria, su trascendente obra han sido los sólidos pilares sobre los cuales se han sostenido a través del tiempo la admiración, la gratitud y el respeto con que la ha evocado siempre nuestro pueblo.
Nada ni nadie podrá desvirtuar jamás la grandeza de esa incuestionable heroína que reservó para sí misma un disparo que no se escuchó en el Moncada, y que al hacer un íntimo pacto con la muerte se hiciera inmortal en el alma de su patria.
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