El 17 de junio de 1905, La Habana se vistió de luto; el fallecimiento del Generalísimo Máximo Gómez sumió a la isla en un profundo dolor.
| Foto de archivo/Tomada de Cubadebate |
Texto y audio: Richard Ruiz Julién
Aquel estratega dominicano, cubano por derecho y sacrificio, cerró sus ojos en la capital de Cuba, rodeado por el respeto de un pueblo agradecido.
Su genio militar guió las huestes mambisas durante las guerras por la independencia.
Gómez enseñó a los cubanos el arte de la carga al machete, táctica temible ante el ejército español.
Su figura representa el valor de la constancia y la audacia en el campo de batalla, pilares de la libertad nacional.
Más allá de su espada, el viejo general legó una conducta moral intachable.
Su patriotismo desinteresado asombró a sus contemporáneos.
Rechazó riquezas y cargos políticos tras el fin de la contienda, fiel a su compromiso con la soberanía de la patria adoptiva.
Máximo Gómez, dejó una herencia de honradez insoslayable para las futuras generaciones.
Hoy, el bronce de sus estatuas perpetúa su memoria bajo el sol del archipiélago y la historia patria preserva la impronta de su entrega sin límites.
Máximo Gómez permanece en el alma de Cuba como símbolo eterno de lealtad, valentía y dignidad.
Su ejemplo vive en la defensa cotidiana de la soberanía nacional.
YVL
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