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El difícil oficio de merecer la primavera

Hace sesenta y cinco años del día cuando, por primera vez en Cuba, a la primavera le germinaron pañoletas, que entonces eran blanquiazules como las franjas de la bandera más amada, y boinas tan rojas como el triángulo que sostiene el fulgor de una estrella solitaria. 

Recorre junto a pioneros destacados una exposición de fotos, en la Ciudad de los Pioneros "José Martí" en la playa Tarará/Foto: Estudios Revolución / Tomada del sitio digital Fidel Soldado de las Ideas

Texto: Rosa Pérez López

Era el 4 de abril de 1961, justamente quince días antes de que en las arenas de una playa se rubricara una histórica victoria, para seguirle asegurando a nuestra infancia la sonrisa.

Y fue exactamente doce meses después cuando los jóvenes cubanos hicieron causa común enrumbando sus anhelos y ajustando su andar al paso de los tiempos, para que a otro cuatro de abril le nacieran mochilas avitualladas de esfuerzos y esperanzas; recogidas de café; ascensos al Turquino. 

Esos mismos jóvenes que medio año después, en un octubre insomne tras las piezas de artillería y frente al muro habanero que supo de sus últimos juegos y sus primeros romances, aguardaban serenamente al agresor que presagiaba un holocausto nuclear para sus ilusiones.

Han pasado desde entonces muchos años y pasarán muchos más.

Pioneros celebran el aniversario 65 de su organización/Foto tomada de la página en facebook del Consejo de la administración municipal del municipio Plaza de la Revolución

Y siempre habrá una buena razón para evocar con nostalgia esa porción de niñez y juventud que se nos fue quedando de a poco en acampadas y fogatas, trabajos voluntarios y misiones internacionalistas, madrugadas de vigilia y noches de conciertos multitudinarios sin otras candilejas que el titilar de las estrellas.

Y quién sabe cuántos cubanos y cubanas hoy rescaten de alguna gaveta el triángulo de tela que llevaron atado al cuello alguna vez.

O ese pequeño librito rojo donde Mella, Camilo y el Che se les volvieron presencia, ímpetu y fervor. 

Y tal vez se los muestren a sus hijos, a sus nietos y bisnietos como quien enseña una reliquia, y recuperen para ellos un manojo de anécdotas que al cabo del tiempo han cobrado dimensiones de leyendas.

Porque aunque haya pasado el tiempo y muchas cosas no sean iguales a las de aquellos abriles de los años sesenta, serán otros niños y otros jóvenes en quienes quedará también atesorada esa edad maravillosa que todos fuimos entregando en el momento y lugar en que hizo falta.

Para ir aprendiendo con la vida, a pesar de sus contradicciones y asperezas, -o quizás gracias a ellas- el difícil oficio de merecer la primavera.

YVL

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