“Arribamos a una playa de piedras. La Playita (al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último, vaciándolo. Salto. Dicha grande.”
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| José Martí y el Generalísimo
Máximo Gómez desembarcan
en la Playita de Cajobabo, al sur de Guantánamo/Imagen referencial tomada del sitio digital adelante.cu |
Texto: Rosa Pérez López
No le hicieron falta más palabras a José Martí para retener en su diario de campaña la grandeza del instante de llegar a tierra cubana con el propósito de sumarse como un combatiente más a la guerra necesaria que él mismo hubiera fraguado durante el “reposo turbulento” que mediara entre el Pacto del Zanjón y los levantamientos armados del veinticuatro de febrero.
Era ya casi el amanecer del once de abril de mil ochocientos noventa y cinco, y desde la madrugada anterior el Apóstol había zarpado desde Cabo Haitiano en compañía del Generalísimo Máximo Gómez a bordo del vapor “Nordstrand”, para a partir de ese momento estar todos los días en peligro de dar su vida por la libertad de Cuba.
No sería el continuo riesgo de morir, sino la felicidad por el regreso a la patria el sentimiento que animaba a Martí al pisar la playa pedregosa, convertida desde entonces en pedestal del heroísmo del más universal de todos los cubanos, y en símbolo de su arduo y arriesgado empeño de conquistar la independencia.

Monumento que honra desembarco de Martí Gómez por Playita de Cajobabo para incorporarse a la guerra necesaria/Foto tomada del sitio digital venceremos.cu
Conservo, o más bien atesoro, algunas de esas piedras sobre las cuales anduvo nuestro Héroe Nacional hace ciento treinta y un años, como simbólica representación de esa marcha empedrada de dificultades que diariamente es preciso asumir desde el inspirador ejemplo martiano, y con la gran dicha de hacerlo en defensa de los más altos valores patrios y de nuestra irreversible y plena soberanía.
YVL

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