Si alguna vez cobró una dramática certeza el apotegma martiano "debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario", fue cuando el Apóstol asumió como una urgencia salvadora para Cuba los preparativos de una guerra imprescindible, que comenzó el 24 de febrero de 1895.
S/T, 1990, Ernesto García Peña, Óleo sobre
tela, 95 x 85 cm/Foto tomada del sitio digital josemarti.cu
Por Rosa Pérez López
En el convencimiento de que una nueva contienda culminaría la obra libertaria emprendida en 1868 e interrumpida diez años después por el Pacto del Zanjón, José Martí se erigió en organizador de una epopeya que en otras condiciones y circunstancias no hubiera promovido, por la tanta sangre que se derramaría, por el dolor de tantas madres y el luto de tantas familias.

Martí y el General Gómez en New York, 1894/Foto tomada del sitio digital josemarti.cu
Pero entre el yugo y la estrella, entre la opresión y la libertad ansiada, se abría una brecha que sólo podría ser cubierta por una guerra justa y necesaria que emanciparía a Cuba de la metrópoli española e impediría -como estrategia suprema- que cayeran los Estados Unidos, con esa fuerza más, sobre las tierras de América.
Cuanto hizo Martí -y en silencio- fue para eso, y sólo la convicción absoluta en el triunfo de su empeño le permitió sobreponerse al costo humano que representaría regresar a los campos de batalla, esta vez sin los riesgos e incomprensiones que frustraron la gesta iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua.
La Patria precisaba del sacrificio inminente de sus mejores hijos -los cubanos de adentro y los del destierro indeseado-, y a la Patria no podía hacérsele esperar.
La vocación pacifista tiene el límite de la vergüenza, la dignidad y el coraje ante el opresor.
El Maestro fue consecuente con eso, y a lo largo de nuestra historia los cubanos también hemos sabido serlo.
YVL

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