Camilo Cienfuegos/Foto: Perfecto Romero/Tomada de Cubadebate
Por Rosa Pérez López
Luego sería el pequeño que aportara sus modestos ahorros a la causa de los republicanos durante la guerra civil española, en un desprendimiento que se anticipaba al sentir solidario expresado mucho después en una carta: “Esos que luchan, no importa dónde, son nuestros hermanos”.
Con esos humanos materiales se fue amasando de a poco la heroica estirpe del joven estudiante de artes plásticas en la academia “San Alejandro”, que en lugar de esculturas prefirió cincelar un futuro mejor para su patria; del laborioso empleado que se sumó a la avalancha estudiantil volcada desde la escalinata universitaria hacia la calle, sin temerle a las balas que le hirieron la piel pero le dejaron intactos el patriotismo y el coraje.
Fidel y Camilo en la Sierra Maestra/Foto tomada de Cubadebate
Camilo Cienfuegos Gorriarán eligió desde entonces y por siempre ocupar un lugar en la primera línea de los riesgos.
Ya fuera a bordo de un yate en la histórica travesía desde Tuxpan a la libertad; en la ruta invasora hacia occidente que en el siglo XX igualaba la hazaña de Gómez y Maceo; en el liberador combate de Yaguajay, donde se reafirmó eternamente su condición de Señor de la Vanguardia; en el enfrentamiento sereno y valeroso a la sedición de unos traidores en octubre de 1959.
Y aunque hayan transcurrido noventa y cuatro febreros desde su nacimiento, hoy permanece Camilo entre nosotros con sus perpetuos veintisiete años y su sonrisa eterna en la antesala de todos los peligros: justamente en ese mar donde se inmortalizaron su estampa criolla y su dimensión guerrera, para que ni las aguas pudieran apagar jamás los cien fuegos que iluminaron su gloria desde aquel 6 de febrero de 1932.
YVL
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